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Madrid, Madrid de los Austrias
Felipe II hizo Corte del Foro el año 1561: desde entonces la ciudad ha crecido a su aire, con la obstinada desorganización de lo muy vivo. Pero el Madrid de los Austrias es, sobre todo, los barrios de Sol y de Palacio, con sus conjuntos monumentales, sus plazas, sus museos, sus calles con estrechuras de callejones gatunos, sus corralas y sus palacios, sus templos y sus caserones, sus mercados, sus tascas, sus olores a cisco, a serrín húmedo, a jara del Guadarrama cuando los dioses del estío favorecen a los mortales. Hay que recorrerlo a pie, claro, empezando quizá desde la Puerta del Sol o la Plaza de las Descalzas, llegar a la Plaza Mayor -renacido fénix de tres incendios- para extasiarse ante sus proporciones y su luz transparente coronada de nubes tontorronas desde la calle del mismo nombre, donde habitaba la nobleza y los cortesanos, vivero de soportales y de dinamita regicida. Calle Mayor adelante se accede a la Plaza de la Villa o al ferruginoso Mercado de San Miguel, ahora zoco de gastronomía superferolítica; cruzando la Plaza Mayor alcanzamos la calle Toledo, ocasión de recordar sus soportales de lonas, sus aguadores, sus mieleros de la Alcarria. Bien estará perderse un rato por Puerta Cerrada, donde, además, solía pasear Charo López, puede que con motivo de unos chicharrones en Casa Paco acompañados de torero y vino de frasca, o por la bellísima Plaza del Conde de Barajas, donde el paseante descansa oyendo a los pájaros que pueblan sus acacias o sorprendiéndose del silencio, a veces casi sobrenatural, que la unge. Luego, calle Toledo abajo -tras unos sorbos de agua en la Fuentecilla, estatua que, al haber sido construida para honrar a Fernando VII exhibe una estrafalaria mezcla de armadillo e indefinida bestia mitológica-, o quizá por las Cavas, dejando atrás el mercado de La Latina y la iglesia de San Andrés, tan frecuentada por Isidro y María de la Cabeza, esposos y santos. Después de unos minutos en la renacentista Plaza de la Paja, zoco y sede de familias principales en el siglo XVII, seguimos caminando hasta divisar la Plaza de Oriente y Palacio, pero de repente se pone a llover y mejor otro día.
 
(c) 2009 Alberto Jiménez Rioja
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