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Madrid, El retiro
Vamos a darnos un garbeo por el Retiro, ¿les parece? Tenemos ciento dieciocho hectáreas de jardines a nuestra disposición, porque hablamos de uno de los parques públicos más grandes y más antiguos de Europa y cualquier día soleado, preferiblemente de otoño o primavera, constituye ocasión perfecta para entrar en él, por ejemplo, por la Puerta de la Independencia, la que queda frente a la de Alcalá, ya saben. Es de 1885 y sus columnas dóricas sostienen unos amorcillos con todos sus arreos, decididos a hacer de las suyas a la menor oportunidad. Subimos por la avenida de nobles proporciones que, flanqueada por plátanos y acacias, nos llevará en seguida al corazón del parque; y sin miedo ahora, porque la monstruosidad broncínea que muestran las fotos -una especie de alien pisaniños- ha sido retirada, esperamos que para siempre. Dejamos a la izquierda la estatua de Isabel II, la Casa de Vacas y el remozado templete de música y, casi sin darnos cuenta, estamos junto al magnífico estanque: riela el sol sobre el agua, las barquitas se mecen perezosas, engordan las carpas. Frente a nosotros se alza majestuoso el octógono encolumnado que ciñe la estatua ecuestre de Alfonso XII; pronto cumplirá un siglo. La Torre de Valencia no es que contribuya a mejorar la perspectiva, pero ahí la plantaron. Seguimos el paseo que costea el estanque en sentido contrario a las agujas del reloj porque no queremos perdernos uno de los monumentos más estrafalarios -el Retiro tiene una buena colección, ya se los iremos descubriendo- de los que adornan, o así, el parque. Hablamos de la Fuente Egipcia, estrambótica mezcla de esfinges, urna, fragmentos de columnas y techo a dos aguas. Si van provistos de pico y pala quizá valga la pena hacer ejercicio cavando un poco, porque se dice que alguien enterró por allí una buena cantidad de doblones de oro. Además pasarán un rato la mar de entretenido explicándole el asunto a la policía. Andando unos cientos de metros en línea recta se llega al antiguo Paseo de Coches, espacio que los días claros parece estar hecho sólo de luz y de árboles por el que ya no circulan vehículos rodados, sino ciclistas, patinadores y otros osados candidatos a la lesión o a la pájara. Bajando se deja a la izquierda la antigua Casa de Fieras -¡léanse los pies de las fotos, que les contamos cosas interesantísimas!- y después de los Jardines de Cecilio Rodríguez, la estatua al Ángel Caído, la Rosaleda y otros inesperados portentos llegamos al Palacio de Cristal, aéreo milagro transparente hoy destinado a albergar exposiciones. Muy cerca queda la Casa de Velázquez, que es como su yang amazacotado, flanqueada por curiosas construcciones en las que nadie se fija. En fin, el Retiro es en realidad un espacio mágico, inacabable, un aleph de cantos de pájaros, olor a laurel y leche merengada, un centón de estatuas y de piedras y de historias, un ámbito infinito de sueños y belleza.
 
 
(c) 2010 Alberto Jiménez Rioja
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